INSTITUTO LEVANTARÉ, A.R.

 

EL HACER CUENTAS

José Antonio Cano Mirazo

 

 

Mateo 18:23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.

 

El Señor me llevaba en días pasados a esta Escritura. Una palabra que el Señor estuvo hablando a mi corazón y que le estuve dando vueltas y buscándole, y viendo lo que el Señor quería decirnos. Y bueno, llegando a algunas conclusiones. Nuestro Señor Jesucristo está hablándonos precisamente de que vino un rey, una autoridad a hacer cuentas con sus siervos.

 

Y meditaba en este sentido y me daba cuenta que, con toda honestidad, no nos gusta rendirle cuentas a nadie, yo creo que esto forma parte de nuestra idiosincrasia. Cuando tenemos que darle cuentas a alguien nos resulta más que incómodo en términos generales, en verdad nos es muy molesto. Yo creo que muy pocas personas son las que pueden decir: “ay a mí me encanta darle cuentas a los demás. A mí me encanta dar cuentas de lo que yo hago. Uy yo soy feliz diciéndole a mi esposa lo que hago y adónde voy”. Y las esposas, yo creo, que son pocas las que dicen: “a mí me fascina decirle, darle cuentas a mi esposo de en qué gasto el dinero”.

 

En términos generales no nos agrada. Para muchos no hay nada peor, nada más desagradable que tenerle que rendir cuentas a alguien. Y ¿a quién le tenemos que rendir cuentas? La Biblia nos habla de tres grandes áreas en donde nosotros tenemos que rendir cuentas. Y empecemos por lo que en estos momentos precisamente nos es tal vez más fácil, es más sencillo. Porque en términos generales no damos cuentas, y aunque sabemos que algún día lo haremos, realmente no tenemos la conciencia de que así será, no tenemos la conciencia de que un día vamos a tener que rendir cuentas. Esto es algo como que lo vemos demasiado lejano. Y mucha gente, aún los cristianos no creen que así será.

 

La primera área en donde nosotros tenemos que rendir cuentas es: A Dios. Tenemos que dar cuentas a Dios de nuestros actos.


Hebreos 4:13 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

 

La palabra de Dios nos enseña, y nos muestra en toda la Biblia, en diferentes partes, que un día tendremos que darle cuentas a Dios. Y a mí me llama mucho la atención que incluso existe, y lo deben conocer bien, un viejo corrido mexicano que narra una historia muy singular, se llama Rosita Alvirez. Dice ahí que esta Rosita Alvirez tenía un enamorado, y bueno que hubo una situación medio embarazosa y por esta razón el enamorado viene y la mata. Y dice la letra que después de morir, ella está dándole cuentas al Creador, y su enamorado frustrado y asesino está rindiendo su declaración. ¿Sí la han oído?

 

Fíjese que maravilloso, es sorprendente que algo tan, tan mundano, tan pagano como un corrido mexicano contenga una verdad tan grande, una verdad bíblica tan grande, es asombroso. A mí me impresionó, cuando yo estaba leyendo la Escritura vino a mi mente esto y dije: “pues resulta que aún hasta en el mundo se sabe que tenemos que dar cuentas”. Y entonces orando le dije al Señor: “Señor, entonces yo no entiendo porqué actuamos en la forma que lo hacemos, si sabemos que vamos a tener que darte cuentas de todos nuestros actos, por qué luego nuestros actos son tan impíos y tan mundanos”. Con qué capacidad nos vamos a presentar en aquel día delante de Dios para que le digamos al Señor todo lo que hicimos y le rindamos cuentas.

 

Y eso que no nos gusta rendirle cuentas a nadie, de acuerdo a la Palabra nos vamos a tener que poner delante del Señor frente al gran trono blanco, dice la Escritura en el libro de Apocalipsis, y ahí vamos a tener que explicarle a Dios, con lujo de detalle, cada cosa. Impresionante. Dios quiere que nosotros como su pueblo tengamos comunión y tengamos comunicación con Él.

 

Isaías 43:25-26 Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. 26Hazme recordar, entremos en juicio juntamente; habla tú para justificarte.

 

Y leo al profeta y veo el corazón de Dios. Un corazón que desea tener relación con el pueblo, un corazón que quiere que el pueblo se acerque a Él. Y lo primero que dice el Señor es: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados, tus transgresiones, tu rebeldía; todo lo que tú haces mal Yo lo borro. Y lo borro por una razón: por amor a mí. No porque nosotros lo merezcamos que nos quede claro, por la misericordia y el amor de Dios.


Por esa razón Dios actúa en nuestra vida, por esa razón Él nos perdona, Él nos transforma, Él nos purifica, Él nos limpia. Nosotros venimos con vestiduras sucias, venimos todos andrajosos, todo mal y Él con todo su amor nos cambia, nos pone vestiduras limpias y nos transforma, y esto es impresionante. Pero hay algo que dice el Señor: “Yo te voy a perdonar todo lo que tú has hecho, no hay nada que yo no te perdone, todo lo voy a perdonar por amor a mí mismo, pero, a ver hazme recordar”. Es decir, ven y dime qué es lo que tú has hecho, vamos a entrar a cuentas tú y yo. Entremos a juicio, y te voy a dar la oportunidad de que tú hables para justificarte.

 

Fíjate qué maravilloso es el Señor. Dice Dios: Yo te perdono todo lo que tú hayas hecho, todo lo que tú hayas pecado, pero ven y dímelo. Y habla,  y expresa qué es lo que pasa, qué es lo que sucede. Y esto a mí me agrada mucho porque mientras vivamos nosotros tenemos la posibilidad de venir delante de Dios y dar cuentas. Cualquiera podría espantarse y decir: “No qué, ¿entrar a cuentas con Dios? No”. Sí, ahorita es el tiempo. Ahorita es el tiempo que tú vengas con Dios y entres a cuentas y le digas: “Señor me equivoqué, transgredí tu Palabra, ofendí tu nombre, pequé, hice las cosas mal, me resbalé, me caí, me revolqué, me ensucié, soy una inmundicia, lo hice por mi pequeñez, perdóname”. Y el Señor te dice: te perdono, te perdono.


Estamos en la posibilidad de que la misericordia de Dios se extienda sobre nuestra vida, sobre nosotros y borre toda rebelión. Pero cuando nosotros hacemos las cosas mal y lo sabemos, entonces nos escondemos de Él para no tener que darle cuentas. Cuando yo veo que hay gente que empieza a faltar en la iglesia, yo puedo advertir que en términos normales se trata de no venir por el pecado, porque están con problemas, porque tienen una mala relación con Dios, porque saben que han hecho cosas que están mal, no han venido a cuentas al Señor y no pueden estar delante de Él, se esconden de Dios.

 

Y la gente cree y muchas ocasiones nosotros creemos que al no venir y dar cuentas al Señor, al no enfrentar nuestro mal, nuestro error o nuestro pecado delante de Él, las cosas se le van a olvidar a Dios. Creemos que Dios se va a olvidar de todas nuestras transgresiones nada más porque sí. Nosotros creemos que Él actúa y que Él es como muchas ocasiones nosotros somos. Te hacen algo y en ese momento te enojas muchísimo, no quieres ni ver a la persona, y la persona lo sabe y se te esconde. Y si le hablas por teléfono no te contesta. Si te debe dinero y le hablas, menos te contestas. En verdad yo no sé si te haya pasado, pero a mí sí.

 

Dejan de venir a la iglesia porque deben dinero, le deben a un hermano, le deben a otro, le deben a otro. Y entonces no vienen, se esconden. Se andan escondiendo. ¿Hasta cuándo se aparecen? Hasta que dicen: “espero que se le haya olvidado”. Y entonces se aparecen y si a la persona ya se le olvidó, el trasgresor dice: “Gracias a Dios ya no se acuerda, ya todo está  solucionado, ya todo está arreglado”.  Pero, ¿sabes que a Dios no se le olvida nada? Nada. Te voy a recordar algo que sabes perfectamente bien, Adán y Eva pecaron, dice la Escritura que comieron del fruto prohibido. Inmediatamente después se hicieron unos delantales porque se dieron cuenta que estaban desnudos, y después de esto algo pasó.

 

Génesis 3:8 Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.

 

¿Por qué se escondieron? Por una razón, porque habían pecado y lo sabían, estaban mal delante de Dios. No querían rendir cuentas a Dios por sus actos, se escondieron de Él. Cuando nosotros pecamos nos escondemos del Señor. ¿Por qué? Porque sabemos que hicimos mal y no tenemos cara para presentarnos ante Él. Nos escondemos y decimos: “mejor dejemos que las cosas se enfríen, y ya que se enfríen llego con el Señor, llego al culto como si nada”. Así lo hicieron Adán y Eva, se escondieron de Dios.

 

¿Cómo anda tu oración? Luego decimos, hay es que cuando empiezo a orar me da sueño. Cuando Quiero orar siempre hay impedimentos. Empiezo a orar y ya no sé qué decirle a Dios. Estoy orando y no siento la presencia de Dios. ¡Cuidado!, tal vez hay cosas en tu corazón, en tu vida, que tú no has puesto delante del Señor, y por las cuales no has entrado a cuentas con Él. Y mientras no entres a cuentas con Él, tú no puedes estar en su presencia. Necesitas entrar a cuentas para poder estar delante de su presencia.


Yo antes de recibir al Señor llevé una vida muy disipada, desde más o menos los 13 años de edad. Al Señor lo recibí a los 28 años, o sea, me aventé como 15 años de reventón, y fuerte, en serio. Me acuerdo y hasta me dan nauseas. Quince años en donde hice lo que quise. Y durante 9 años me trataron de compartir
la Palabra del Señor. Durante 9 años me trataron de llevar a la iglesia; y yo siempre les decía: “¡no, ahí no voy. No quiero!”  Y no iba a la iglesia, le sacaba la vuelta.  “Es que yo me la paso mejor haciendo lo que yo hago que allá metido en la iglesia. Esto es lo que a mí me gusta. Y además pensaba y se los he comentado, ¿para qué voy? Estoy muy a gusto con la vida que llevo, cambiar mi vida no me va a hacer feliz. Y Dios va a querer que yo cambie, Jesucristo va a querer que yo sea diferente,  y yo no quiero dejar lo que estoy haciendo”.

 

Y me resistí durante muchos años pensando que la vida que yo llevaba era lo mejor. ¡Qué equivocado estaba! Estaba tan mal, tan en pecado que ni siquiera podía estar delante de la presencia de Dios. Cuando yo tenía que ir a algún evento obligado por la que ahora es mi esposa, principalmente iba al aniversario del coro de su iglesia, iba obligado, yo iba de malas, llegaba tarde y en cuanto terminaba yo salía corriendo, no me fuera a pasar algo. Imagínense que la mano de Dios me tocara, ¡no! Yo temblaba, yo no quería estar en ese lugar, iba obligado, iba de malas y todo el tiempo que estaba ahí estaba de malas. Claro, juzgando y criticando todo lo que ahí se hacía, sin entender nada, como dice el Salmista.

 

El Salmista dice que antes de conocer al Señor, antes de entrar en el templo de Dios era como una bestia delante de Dios. Así era yo, así lo comprendí después. Y yo puedo ver aquí a Adán y a Eva escondidos para no querer darle cuentas a Dios. “¿Ya viste lo que hicimos Eva? Pues sí, nos engañó la serpiente. Sí, pero Dios nos dijo que no lo hiciéramos. Y ahora ¿qué le vamos a decir? Tantas ocasiones nos dijo que no lo hiciéramos, y lo hicimos. Yo no hablo con Él, yo no le digo nada”. Y Dios le habla a Adán para darle la oportunidad de entrar a cuentas y de arreglar su corazón. Como si Dios no supiera lo que ellos habían hecho. Como si Dios no supiera lo que tú y yo hacemos. Dios nos habla.

 

Génesis 3:9-11 Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? 10Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. 11Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?

 

Solito se delató, solito. Es como cuando tu hijo pequeño hace algo indebido y tú le llamas: “A ver hijito ven para acá”. Y llega el niño y lo primero que te dice es: “Yo no pinté la pared”. No, seguro que no fuiste tú, seguro. ¿Quién te dice las cosas? ¿Por qué yo no recibía al Señor? Porque yo sabía que tenía que cambiar,  y a mí nadie me había enseñado la Biblia. Y Yo sabía que era un pecador. Quien no lo recibe, quien se resiste a recibir al Señor, sabe que es un pecador. Lo sabemos y no queremos cambiar. Yo me resistí, 9 años me predicaron y 9 años me resistí.

 

Ve el Señor tan maravilloso lo que le dice. Ven, ¿dónde estás? ¿Qué haces? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué? Señor porque pequé. Y entonces ya pasan otras cosas que no vienen al caso el día de hoy.

 

Otro ejemplo de alguien que no quiso hacer cuentas con Dios, no quiso hacer cuentas de sus actos, Caín.  ¡Ay Caín! Caín por celos, por coraje, por envidia, por otras razones mató a su hermano Abel. Vamos a ver después de que mata a su hermano:

 

Génesis 4:9 Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?

 

Fíjate qué insolente, ponerse al tú por tú con Dios. Como si fuera un igual. Como cuando el Señor nos dice algo y entonces nos molestamos, nos hacemos los dignos y le respondemos a Dios. ¡Cuidado! Pues si no es el paletero. Cuidado. Ve la insolencia de Caín. Y muchas ocasiones así somos con Dios, tremendos. Caín se quiere poner al tú por tú con el Señor. “Óyeme Dios, ¿qué te pasa? ¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?” Perdió su oportunidad de quedarse callado, la perdió. Y por haber hablado lo que habló, con tal insolencia, se condenó. Solito se condenó.

 

Tuvo la oportunidad de expresar algo a su favor, tuvo la oportunidad de entrar a cuentas con el Señor y decirle: Sí Señor, yo lo maté. Maté a mi hermano, está muerto, perdóname, los celos me consumieron y no pude más. Perdóname. Me llené de coraje de que tú le hablaste bonito a él, me llené de coraje de que tú dijiste que su ofrenda era una ofrenda grata y me dio tanto coraje que no aguanté y lo maté. Perdóname. Sin embargo en lugar de entrar a cuentas se pone de insolente y entonces, no tiene la oportunidad, como dice el profeta Isaías: Habla tú para justificarte. Pierde la posibilidad de justificarse, no quiere dar cuentas de sus actos y el Señor lo condena.

 

Génesis 4:11-12 Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. 12Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra.

 

El juicio de Dios directo, durísimo, ¿por qué? Porque ni siquiera entró a cuentas este tipo. ¡Qué tremendo! Cuando estés enojado por algo, no lo hagas con Dios, no lo hagas en verdad. Enójate con quien tengas más cerca, en verdad. Moléstate, grítale, dile algo pero no a Dios, no seas insolente con Dios, ten cuidado, ve lo que le pasó a Caín. No solamente no quiso dar cuentas sino que habló de más delante del Señor. Y Caín que finalmente conocía el corazón de Dios, sabía como era Dios; sabe que una vez decretado el juicio de Dios ya no queda nada por hacer.

 

Observa Versículos 13-14a Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado. 14He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia.

 

Fíjate lo que sabía Caín que estaba ocurriendo. Dios no solamente lo estaba echando de ese lugar de una manera física. Caín sabía que Dios lo estaba sacando de su corazón, que lo estaba quitando de su presencia. Nosotros venimos al templo, en unidad alabamos al Señor, estamos en la presencia de Dios, y nos vamos, y sabemos que con nosotros va Dios. Sabemos que vamos a llegar a nuestro hogar y en el momento en que nosotros nos arrodillemos o que clamemos a Dios, Él nos va a responder y vamos a estar en su presencia.
Aquí Caín sabía que había sido echado del lugar y había sido echado de la presencia de Dios. ¿Por qué? Por no haber querido entrar a cuentas.

 

Y dice Versículo 14b Y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará.

 

Ándale, profetízate. Qué cómodo. Ya no voy a sufrir más porque yo profetizo y yo hablo con mi boca y yo declaro que aquel que me encuentre me va a matar y voy a dejar de sufrir. Qué impactante. Y Dios le dice: “no, no, pues si no estoy jugando, te estoy castigando. Y voy a poner un sello sobre ti para que quien te vea no te mate. Y vas a sufrir años, y vas a ser castigado”. Y lo echa de ese lugar.

 

Cuando nos presentemos ante Dios, en el gran juicio en aquel día que está dispuesto para ello, no habrá tiempo para justificarnos. El tiempo de la justificación, como dice el profeta Isaías, Dios a través de él es este momento, es este tiempo, no podrá ser después.

 

Romanos 14:10-12 Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. 11Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios. 12De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.

 

¿Qué va a pasar en aquel día? En aquel día todos vendremos delante del Señor y le daremos cuentas, cuentas de nuestros actos, pero ahí ya no habrá posibilidad de arrepentimiento. Ahí darás cuenta de tus actos para vida eterna o para condenación perpetua, no hay más. Si alguien está pensando, “bueno, en aquel día cuando yo esté delante del Señor, yo entro a cuentas y entonces le digo, y lo convenzo, y le tiro un rollo mareador y…”

 

¿Sabes qué? Nada va a funcionar, ya estando ahí en su presencia es para que te dicte sentencia, pasarás a juicio. Aquí ahorita es cuando estamos en la posibilidad de decirle al Señor: “Señor, quiero hacer cuentas contigo, quiero enderezar esto, perdóname. No quiero que me deseches, quiero hacer cuentas”. Cuando dice nuestro Señor Jesucristo que el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos; está hablando precisamente de que nosotros tenemos que dar cuentas a Dios ahorita, ahorita.

 

“No, pues yo ahorita prefiero seguir en el reventón. Yo ahorita prefiero seguir en el pecado, yo ahorita no quiero entrar a cuentas con Dios”. No te preocupes, no entres, no te preocupes. Caín le dijo a Dios: “yo no quiero hacer cuentas contigo. Y Dios le dijo: no hay problema, no las hagas. Vete de mi presencia, no te quiero volver a ver”. ¿Dónde andas Adán? “Dios, yo no quiero hacer cuentas contigo. Andaba por ahí escondidito, porque no quería verte, porque no quería hacer cuentas de mis actos contigo”. ¿Ah sí? No te preocupes, ¡fuera del Edén!

 

No hay problema, no hay problema. Si piensas que Dios te va a ir a buscar y te va a rogar, ¡estás equivocado! Porque es otro de los pensamientos que tenemos. “Pues si no quiere, que no me hable, allá él”. Me refiero a alguna persona. Allá ella. Ella se lo pierde, se pierde el hablar con este muñeco, lo siento. No, no es así, con Dios no es así. Nosotros somos los que perdemos y debemos tener esa conciencia.

 

Y esto que vimos es la más sencilla, la de con Dios, eh, pero también el Señor nos habla de una segunda área en donde nosotros tenemos que rendir cuentas: LA AUTORIDAD. Mateo 18:23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Es decir, una autoridad que quiere hacer cuentas con sus subordinados. Está en todo su derecho, es la autoridad.

 

Romanos 13:1 Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.

 

¿Qué significa autoridad? De acuerdo al diccionario, la autoridad es el poder, la facultad o el mandato que tiene una persona sobre otra. También dice el diccionario que la autoridad es la representación de una persona por su cargo o por sus méritos. Y otra pregunta, ¿qué significa someterse? Sencillo, que te tienes que sujetar a quien está por encima de ti, es decir, a quien tiene una autoridad. ¿Y qué significa someterse? Que tienes que dar cuentas aunque no te lo pidan.

 

Pero no nos agrada rendirle cuentas a una autoridad. No importa de qué autoridad se trate, no nos gusta, somos rebeldes para hacerlo. Como hijos no nos gusta rendirles cuentas a nuestros padres, que son la autoridad más cercana que tenemos, no nos gusta. Queremos hacer lo que queramos, y no darles cuentas a nuestros padres. Y hacemos cosas indebidas y llegamos a nuestra casa temblando, esperando que no nos pidan cuentas. Y llegamos hablando mucho, yo así lo hacía. Veía a mi madre que era la que siempre estaba todas las tardes, y era la de la mano dura, era la que le tocaba hacer el trabajo sucio, mi padre era el del trabajo limpio, mi padre era y es muy amoroso; mi madre no, pobrecita, le tocó el trabajo sucio de la casa, bueno.

 

Entonces llegaba, la veía y empezaba a hablar. “Oye fíjate que me fue, y encontré, y que vi, y que hice, y que torné, y que aquí y allá, y que qué crees, a quién crees que vi, que bla, bla, bla”. Y hable y hable como para marearla, como para que se le olvidara, para que no me dijera: “óyeme, ¿por qué estás llegando a esta hora?” Yo no quería entrar a cuentas con ella, sabía que iba a perder. Claro, siempre nos hacemos las víctimas: “es que mis padres no me entienden. Es que mis padres no me comprenden. Es que son un ogro, son malos, son autoritarios, no hay nadie como ellos; yo me quiero ir de la casa”. Pues vete, vete. “No porque van a sufrir mucho, pobrecitos”. ¡Vete! A ver si en otro lugar te tratan como aquí en la casa. A ver si estos ogros verdaderamente son tan ogros. Vete a donde tú quieras.

 

Uy, llegó el momento en que yo prefería no hacer cuentas. Yo ya sabía, llegaba tarde y todo; yo usaba una fajilla, mi madre estaba en la puerta viéndome, y me la pedía. Yo nada más me la quitaba y se la daba. “Unos azotes no importan, hice lo que quise”. Y así lo pensaba. ¿Qué va a pasar si llego a las dos de la mañana? Pues unos azotes. Pues sale, que me los den, por lo pronto me divierto, por lo pronto la gozo. Y la disfrutaba. Y llegaba, me daban mis azotes y ya nada más le decía: ¿ya? Sí ya. Ya entraba y gritaba sobre el colchón, del dolor. Pero bueno, ahí delante de ella, yo tranquilo, no pasaba nada.

 

Hacer cuentas con mis padres no me agradaba. A qué hijo le parece, qué hijo quiere entrar a cuentas cuando el papá le dice: a ver ven, vamos a platicar. ¿A quién? Y si tú me dices que a ti, vas a ser la excepción y no te voy a creer. No nos gusta hacer cuentas, no nos agrada. Como empleados, como empleados no nos gusta rendirles cuentas a nuestros jefes, no nos parece. En términos normales, y casualmente siempre, los jefes saben menos que nosotros. Por lo general, nosotros sabemos más que ellos. Ellos saben menos, ellos no saben, ellos están puestos ahí por cuestiones políticas. Ellos son unos ignorantes que sacan el trabajo gracias a lo que nosotros hacemos. Y rendirle cuentas a los jefes no nos parece.

 

Lo vemos hasta en lo sencillo. Hay gente que nos ayuda en la casa, en el aseo de la casa y cuando le hablamos para pedirle cuentas de algo, no quieren, se incomodan, se molestan. No nos gusta hacer cuentas con nadie ni con los jefes, no nos parece. “A ver quiero que me des cuentas de todo lo que has hecho en el último mes. Prepárate un informe”. Uf, lo único que me faltaba, aparte del trabajo que tengo, todavía tengo que prepararle un informe a este tipo”. No nos gusta, nos molesta.

 

Para los empresarios. Uy los empresarios, no hay nada más grave para ellos que rendirle cuentas a la Secretaría de Hacienda. Sufren, no quieren hacer cuentas con Lolita, no quieren hacer cuentas los empresarios, ¿verdad Toño? No les gusta. Testimonios del hermano Toño, Contador Público, diciéndole a sus jefes “has cuentas correctas delante de Hacienda. Mira, esto tiene que ser así bien derecho y vas a tener estos beneficios. Vas a dormir tranquilo, es más a la larga vas a ganar más”. Y se los demostraba él.

 

Y ¿saben qué decían los empresarios? No, no, evade al Fisco, no hagas cuentas claras con ellos. ¿Qué tuvo que hacer el hermano? Con permiso no es un lugar para mí. Y darse la vuelta de esas empresas, de esa gente que no quiere hacer cuentas con Hacienda. ¿Verdad? Testimonio de él. Al empresario no le gusta hacer cuentas claras, quiere ganar más, más, más. Cuidado.  Eso del pago de los impuestos les enferma.

 

Como cristianos nos resulta más que incómodo rendirle cuentas a alguno de los líderes, a alguna autoridad de la iglesia. Y menos si no se trata del Pastor principal. Vienen y vienen las quejas, “ay hermano, resulta que la hermanita fulana me está preguntando que por qué no hice el aseo bien. Me está preguntando que por qué no hice esto o que dónde quedó lo otro”. Y molesta.  No nos gusta hacer cuentas. Como pueblo de Dios no nos gusta hacer cuentas con el Señor, ya lo vimos, no nos gusta. Debemos estar concientes que como consecuencia de nuestros actos, tenemos que dar cuentas a quienes son nuestra autoridad.

 

Las esposas. ¡Creíste que te ibas a salvar! No. Le tienes que dar cuentas al esposo. El esposo es la cabeza, y dice la Biblia que es la autoridad, le tienes que dar cuentas. Pero ¿cómo le doy cuentas de lo que yo gano? Le tienes que dar cuentas. Cómo que le tengo que dar cuentas de a dónde voy, soy libre, no me compró. Es la autoridad, le tienes que dar cuentas aunque no te guste, es una autoridad establecida por Dios, no hay de otra.

 

Pues yo estoy acostumbrada a hacer lo que quiera, y si quiero me voy a tomar café con mis amigas, y si quiero me voy a desayunar con ellas, y si quiero me voy a un antro, y si quiero también. Pues no, es una autoridad y te tienes que sujetar a tu autoridad, lo dice la Biblia. ¡Qué difícil!  Nosotros tenemos muchas autoridades y Dios así lo estableció. ¿Cuál era la autoridad de Jesucristo? ¿Quiénes fueron sus autoridades? Primero sus padres, segundo sus líderes religiosos; y una autoridad que tuvo por sobre todos ellos, la autoridad de Dios. Y dice la Biblia que Jesús no hacía nada sin que Dios el Padre se lo autorizara.

 

Y podemos ver en las oraciones de Jesús, cómo hace cuentas con el Padre. Eran una autoridad, tenemos que rendir cuentas a toda autoridad a la que estemos sujetos. ¿No quieres rendir cuentas a tus padres? Es muy sencillo, deja la casa de tus padres, que no sean tus padres y ráscate con tus propias uñas.  Así de sencillo.


Tercera área, y creo que la más difícil si lo anterior no está complicado. RENDIRNOS CUENTAS UNOS A OTROS. ¡Ah! Santiago 5:16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Mira tiene un gran propósito Dios al pedirnos que nosotros nos demos cuentas unos a otros. Cuando el Señor dice: Confesaos vuestras ofensas unos a otros, está diciendo entren a cuentas unos con otros. Entren a cuentas, pónganse a cuentas. ¿Por qué? Porque al entrar a cuentas unos con otros, ahí hay bendición. Ahí Dios derrama bendición, manifiesta su gloria, ahí precisamente.


El apóstol Pablo nos lo expresa como un mandato. Efesios 5:21 Someteos unos a otros en el temor de Dios. Lo vimos hace un momento ¿qué es someterse? Someterse es sujetarse a otra persona. Y dentro de la sujeción está precisamente el rendir cuentas.  “ay, pero ¿cómo le voy a rendir cuentas a un hermanito?”. Le tienes que rendir cuentas a aquel con quien tú tienes relación y con quien tú estás colaborando, le tienes que rendir cuentas.

 

“Pues yo no le tengo que rendir cuentas a nadie, sólo a Dios”. No, discúlpame estás equivocado, la Biblia lo dice, que te tienes que someter, nos tenemos que someter unos a otros en el temor de Dios. Matrimonios, se tienen que someter uno al otro.  Lo dice la Palabra. Todos, para que haya bendición. Fíjate que nuestro Señor Jesucristo lo enseñó y lo enseñó por algo.

 

Marcos 6:7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.

 

Y aquí surge la pregunta, ¿y por qué el Señor envió a los discípulos de dos en dos? No era para que no se aburrieran.  No era para que tuvieran con quién platicar. No era para que uno le hiciera al chistoso y distrajera al otro. “Ah es que es re simpático mi pareja, cuenta muchos chistes”. No, no era para eso. El Señor tiene propósitos grandes y específicos.


¿Qué sucede cuando nosotros vamos solos a un lugar? Hacemos lo que queremos. Exactamente, hacemos lo que queremos como mejor nos parece. Y cuando alguien nos pide cuentas, le decimos lo que queremos. Y podemos tergiversarle las cosas, y podemos decirle que las cosas fueron de un modo distinto a como ocurrió.
 ¿Qué pasa con los problemas conyugales? Viene él y se queja amargamente de ella. Y viene y nos dice una historia que la oigo y me dan ganas de llorar. Decirle, ay pobrecito, cómo te trae tu esposa, ay cómo sufres. Sí, yo creo que lo mejor es que te divorcies.

 

Pero como ya conozco cómo somos, no le creo del todo. Y entonces hablo con la esposa, y entonces en ese momento la que casi me hace llorar es la esposa, porque resulta que el malvado es él, ella es una santa de acuerdo a la Palabra. Qué mujer tan santa, cualquier hombre sería feliz con ella.  Cada quien dice lo que le conviene, y Jesús lo sabe y Jesús dice: no ¿sabes qué? Van a ir de dos en dos, y los dos van a estar en el mismo lugar y los dos van a observar lo mismo y van a compartir lo mismo, y los dos se van a tener que rendir cuentas.

 

Yo me puedo imaginar algunos de los discípulos, porque ha pasado. De repente en alguna ministración aquí estamos y de repente veo cosas y después de la ministración le hablo al hermano, a la hermana y le digo: “oye, a ver, a ver, explícame ¿cómo estuvo esto? ¿Por qué lo hiciste? ¿Cuál? Esto que hiciste así y así. Ah, bueno no, es que lo que yo “quise” hacer. No, no, entra a cuentas y di qué estuvo mal, di las cosas como fueron, entra a cuentas y reconoce lo que está mal para que después lo puedas hacer bien.

 

Cómo recuerdo de las primeras ocasiones cuando orábamos, cuando empezamos a orar por los hermanos y los hermanos se empezaron a caer. Uy era maravilloso ver como de repente imponíamos las manos sobre algún hermano y pum, caía. Uy nos sentíamos soñados, ay qué bonito el Señor se manifiesta. Y entonces estábamos orando no para bendecirlo, sino ara que se cayera. Casi, casi orábamos al Señor y le decíamos: “Señor tíralo, tíralo, no bendícele, no sánalo, no restáuralo. ¡NO! Tíralo, que todos vean que lo tiras, tíralo, tíralo. Casi orábamos así.

 

Un día estábamos en un culto y se sentía la presencia de Dios muy fuerte, y de repente una hermana que se cae. El Espíritu Santo la derribó, llegó a ella con gran poder y la tiró.  Y se acercaron varios hermanos y hermanas empezaron a orar: “Y en el nombre de Jesús fuera, fuera, déjala”. Entonces me acerqué y les pregunté, a ver ¿a quién están reprendiendo? Pues al demonio. ¿A cuál? Pues al de… al demonio.  ¿A cuál? No pues este, pues no sé lo que pasa es que él se acercó primero y yo le vine a ayudar.  Están reprendiendo a alguien que ni siquiera saben quién es”.

 

Y cuando hay detalles que ocurren cuando estamos solos planteamos las cosas y las decimos de un modo diferente a como fue. Jesucristo dijo: de dos en dos para que se cuiden, para que se den cuentas unos a otros. Yo por eso no creo en el ministerio del “Llanero Solitario”. Cuando viene un hermano y dice: “hermano yo soy evangelista y vengo a ponerme a sus servicios porque el Señor me trajo para acá. ¿Y qué quieres hacer? Yo quiero evangelizar. ¿Y en qué iglesia te congregas? No yo soy la iglesia. Cristo Jesús es mi autoridad y yo hago lo que usted me diga siempre y cuando me pague una cantidad. Perdón yo no creo en ese ministerio. Yo no creo en el ministerio de un hermano que camina solo, porque no tiene a quién rendirle cuentas.

 

Dice la Biblia que el apóstol Pablo, el apóstol Pedro, todos los apóstoles iban acompañados, y léanlo Bernabé y Pablo; Pablo y Silas; siempre había dos y se rendían cuentas, y todavía llegaban los apóstoles después de sus viajes misioneros y le daban cuentas a la iglesia. ¡Qué impresionante!

 

Cuando salen a la sierra, cuando van a evangelizar, cuando van a visitar a las iglesias que tenemos en la sierra, llegan y yo siempre le pregunto al Pastor Gustavo: ¿cómo les fue? Y entonces se sienta y me empieza a decir: pasó esto y esto y esto, y esto. Empieza a dar cuentas de todo lo que ocurrió. Y le pregunto a los demás, a ver, ¿cómo les fue? ¿Qué novedades? Y no me pueden decir: ah pues ya le dijo el hermano Gustavo. No, tienen que decir desde su perspectiva cómo son las cosas. Jesucristo dijo: tienen que ir juntos, y se los dijo aquí a sus doce discípulos.

 

Lucas 10:1 Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir.

 

Otra vez, nuestro Señor Jesucristo sabe que es sano esto. Sabe que él tiene que enviarlos de dos en dos para que se rindan cuentas. Si no vamos así, hacemos barbaridades. Tenemos que rendirnos cuentas unos a otros, lo tenemos que hacer. Como esposos tenemos que rendirnos cuentas. Nada de que “pos porque yo soy aquí el hombre y hago lo que quiero”. No. No imagínate a los discípulos del Señor diciendo: “Bueno pues yo soy más que tú, yo llegué antes. O a mí me abraza el apóstol Pedro entonces yo valgo más”. No, no, no, todos son igualitos y todos se tienen que rendir cuentas.

 

Y van en pareja ¿por qué? Porque nuestro Señor Jesucristo sabía que así tenía que ser, y quiere que nosotros entendamos los conceptos de rendir cuentas, tenemos que rendir cuentas. Mateo 21:1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos. Y una vez más nosotros vemos y como para todo nuestro señor Jesús envía a dos. Nunca envía a uno solo, envía a dos, ¿por qué? Porque cuando hay dos las cosas las podemos hacer mejor y tenemos que rendirnos cuentas.  Aunque no nos guste, es necesario rendirnos cuentas.


Tenemos que rendir cuentas en tres áreas. En primer lugar a Dios. En segundo lugar a quienes tenemos como autoridad: padres, jefes, pastores, líderes, Hacienda, quien sea. Y en tercer lugar dice
la Biblia: los unos a los otros. A ver atrévete varón a rendir cuentas y dile a tu esposa lo que realmente ganas. No está fácil, por ahí dice un dicho: “A la mujer ni todo el amor ni todo el dinero”, por lo tanto no le digo a mi esposa verdaderamente cuánto gano, para yo quedarme con un poquito y yo disponer de ese recurso y yo hacer lo que yo quiera y gastármelo en lo que yo quiera. ¿Sabes qué? Estás equivocado, muy equivocado, tienes que rendir cuentas y tienes que decir las cosas como son. ¿Amén?

 

Si no quieren no rindan cuentas, no hay problema el Señor lo dice. Yo sé que no rendimos cuentas a Dios de todos nuestros actos, yo sé que hay cosas que no nos atrevemos a decirle a Dios, y que estamos esperando que Dios lo olvide. Pero Dios no lo va a olvidar, y e s preferible venir y decirle al Señor: “quiero hacer cuentas contigo”. Dios te está dando la oportunidad como dice el profeta Isaías, de venir a Dios y de hablar, de darle cuentas y aún de justificarte. Y dice la Palabra que Dios te va a perdonar.

 

Por lo que yo te invito en esta hora para que tú en este momento entres a cuentas con Dios. Entres a cuentas con el señor y le digas: Señor vengo a hacer cuentas contigo. Hay cosas que yo no te he dicho, hay cosas que tengo guardadas en mi corazón, hay cosas que están muy escondidas ahí. Que yo he transgredido a tu Palabra, he faltado a tu voluntad, he hecho conforme y no te es grato, y no te lo he dicho porque no he tenido el valor para hacerlo, porque he esperado aun que el tiempo pase a ver si esto se olvida.

 

Pero en esta hora, vengo delante de ti para expresártelo, no quiero ser como fue Adán y Eva, tampoco como Caín; quiero venir delante de ti y decirte Señor pequé y estoy aquí en tu presencia pidiéndote perdón, perdóname Señor. Clamo desde lo más profundo de mi corazón y te pido perdón. Quiero que nuestra relación se estreche, quiero tener una estrecha comunión contigo, por lo que clamo por tu perdón.

 

Ve al altar y dile al Señor Perdóname, quiero que tu misericordia se extienda sobre mi vida. Ahí, tú y Él, y dile al Señor sí Dios estoy aquí reconociendo que he hecho mal, estoy reconociendo que he faltado a tu Palabra, vengo aquí para pedirte perdón. Vengo aquí para pedirte perdón Señor, vengo porque aun en muchas ocasiones yo me he enojado y he sido insolente de la misma manera en que lo fue Caín, y aun me he enojado contigo y te he gritado y te he ofendido, perdóname Señor, y te doy gracias porque aun tu misericordia se ha extendido sobre mi vida y no me ha consumido.

 

Ven y dile al Señor que quieres restablecer tu comunión, tu relación con Él. Que quiere tener una relación más estrecha con Él, una relación en la cual tú puedas a partir de este momento venir delante de Él a rendirle cuentas, a expresar, a vaciar tu corazón y decirle, sí Señor mira velo, está mal, tengo esto y te rindo cuentas Señor porque quiero ser bendecido por ti. Porque no quiero vivir como he vivido, no quiero vivir escondido delante de ti. No quiero estar escondido como estuvo Adán y Eva, sino que quiero Señor estar ahí en tu presencia en todo momento. Poder entrar al gran trono blanco y decirte: “heme aquí Señor, vengo arrepentido”.

 

Sí Señor, tu pueblo te busca, tu pueblo que entiende que es preferible este tiempo al día del juicio. Porque en el día del juicio no habrá oportunidad para justificarnos, no habrá oportunidad para hablar. Simple y sencillamente será el juicio. Por eso venimos hoy delante de ti para decirte: perdóname Señor, perdona mis pecados, perdona mis transgresiones. Y señor también que tengamos como dice tu Palabra la conciencia para rendir cuentas a nuestras autoridades, y rendir cuentas los unos a los otros. Que lo podamos llevar a cabo porque esto trae bendición, porque si lo hacemos   no habrá rebeldía, no transgrediremos tu Palabra.


Señor que tu gloria resplandezca en medio de tu pueblo, en el nombre que es sobre todo nombre, en el nombre de Jesús nuestro señor y Salvador, a ti sea la gloria, amén.